La maldición del 14

Ay Dios mío, ¡San Valentin!, tela para cortar y eso que la costurera no soy yo. Bueno, desde hace algunos años he pensado seriamente que tengo lo que se llama: una maldición. Antes, en mis años mozos, acostumbraba a celebrar esta fecha con mi grupito de amigas, todo era muy bonito, nos regalábamos cosas, comíamos rico, chismoseábamos, nos acostábamos tarde y ya. De unos años para acá cambió la dinámica y creo que yo me fui quedando atrás. Resulta que a diferencia de mis amigas, que entran en relaciones estables con una  facilidad innata (no importa si éstas duran una semana, un mes o un año), yo, no evolucioné. Como resultado, nunca logro llegar a un 14 de febrero con una pareja, y si lo hago la relación no es suficientemente seria –entonces, no me importa la fecha-, o por el contrario, la relación está en las últimas –entonces, tampoco me importa-, esa es mi maldición, no sé ni cómo, ni cuándo, ni de dónde llegó, ni mucho menos a cuál sapo tendré que besar para romperla (conforme odio los sapos), el caso es que al final todos mis “queridisimos” han creído que no me importa nada y que soy una vaca sin corazón, una bruja sin alma, con todo el respeto que las vacas y las brujas se merecen, que el día de San Valentín me lo salto y me da igual. Para ser sincera, admito que yo tampoco soy una fiel seguidora de esta fecha tan enmelcochada, ni quiero celebrarlo todos los años, no, en realidad me incomoda un poco el hecho de verlos a todos regalándose chocolates en forma de corazones, flores, peluches y cuanta cosa inventan ahora, ser testigo de esos actos me da cosita en el estómago, a veces me siento como un bicho raro, porque de verdad nunca he tenido un día de San Valentín como mis amigas -las que me abandonaron-, con cenas románticas, mariachis, proposiciones de matrimonio, amor, mierda, que se yo (y para no llamarlo celos, llamémoslo indignación).

Está bien, a veces me agobia la presión social, y sí, lo admito, quisiera ser parte de la masa y estar enamorada en esta época del año, andar caminando por ahí buscando el regalo perfecto, estresarme por lograr la reservación en el restaurante, estar a la expectativa por mi regalo especial, en fin, esas cosas. Al final de cuentas ¿quién dijo que las vacas no tienen corazón y que las brujas no tenemos alma?

-C.

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