Hablando de citas a ciegas…

Mi cabeza, como la de cualquier otra mujer con los problemas económicos, sociales y culturales que tengo yo, está llena de un millón de cosas diferentes. La más resonante del día de hoy fue: ¡Debes escribir! Así, que antes de aventurarme a salir al intento de cita al que creo que voy, me senté frente al computador para hablar de algo que tenía muchos días pensando que debería ser mi próximo tema. Sin embargo, (y aquí es donde empiezo yo con la confesión de secretos y manías) abrí el blog para releer nuestras ultimas entradas. Siempre lo hago y creo que incluso me vuelvo a reír de ciertas cosas.

Leyendo sobre la cita a ciegas de mi media mitad y sintiéndome bastante aludida cuando ella hace mención a un episodio de mi vida, decidí que esa experiencia debía ser contada. Debo además, para ser justa, aclarar que no todas mis citas a ciegas han sido un fiasco, pero ese fin de semana en particular, en el que -C se encontraba con ese hombre enclenque. Yo, a muchos metros más de altura, me encontraba con el hombre mas sospechoso que mi historia de los hombres ha visto jamás.

Me citó para algo que me pareció increíblemente inocente: ir al cine. (Espero que ustedes, a diferencia de mi en ese momento, sepan que es una pésima idea) Entonces acudí, sin mayor precaución, al encuentro. Que el hombre no fuese tan guapo como todos los filtros de sus fotos lo hacían ver, no fue para mi un problema. Que midiera lo mismo que yo, tampoco. (Aclaración pertinente: Estos dos expressos somos bajitas, muy bajitas). Entonces, sin esperar ni lo mejor ni lo peor de mi cita y como en cualquier otro momento en el que dos personas se encuentran para ir al cine, lo primero que hicimos fue comprar las entradas a la función. Nos restaban 40 minutos antes de entrar a la sala. Tiempo, que por supuesto, utilizaríamos para “conocernos mejor”. (Una vez más debo agradecer por aquellos minutos previos). Rápidamente, en el tiempo de la espera, me di cuenta que este personaje era bastante particular y no precisamente en un buen sentido. Su conversación, que inició con el cliché: ¿Estudias o trabajas? Se tornó en una confesión de sus resentimientos sociales. En ese momento, yo estaba incursionando en el siempre difícil mundo del arte, cosa que parecía ser siempre atractiva para aquellos que indagaban sobre los vuelcos de mi vida laboral pero no para el, inmediatamente comenzó a despotricar de la élite en torno a la que se movía este medio, de una manera, que si se me es permitido el anglicismo en este lugar, mi cabeza solo podía describir como: creepy. Sin embargo, decidí tomármelo con calma y cambiar el punto focal de mi vida a la suya. Fue entonces cuando me dijo que en la agencia de publicidad donde trabajaba le pagaban mas a su compañero por ser, voy a citarlo: “mas pinta que el” que según el diccionario de coloquialismos de mi país natal reza:

Pinta: //Ser -fr. Coloq. Tener buena presencia, ser elegante.

Se podrán imaginar mi cara al escuchar su teoría sobre como a la gente linda todo se le hace mas fácil en la vida que a la gente normal. Además, como para confirmar que me debía sentir amenazada, el dijo, a manera de broma y creyendo que yo lo tomaría como un cumplido: “Seguramente, tu por ser linda, no vas a entender de que te hablo”. Al escuchar esto estaba ya demasiado cerca de la puerta de la sala, preparándome para pasar las próximas dos horas de mi día sentada al lado de alguien que había logrado darme muy mala espina en tiempo record. Luego de lo que perfectamente habrían podido ser 2 segundos o 10 minutos, dije que iba al baño. Tomé mi cartera y en el baño solo pude sentir que debía huir de ese lugar. Soy de esas que creen en corazonadas y eso hice. ¡Escapé! Me subí al primer taxi que vi, en el camino a casa bloquee su número de todos los lugares posibles y miré hacia atrás mas de una vez para confirmar que el no estaba allí. Pero esta 4150761657aabda1399675fcc476b211historia no termina aquí. Algunos días después, recibí una llamada de un teléfono desconocido preguntándome cuanto cobraba por mis servicios, no puedo negar que me asusté un poco sin embargo, lo olvidé rápidamente. En la segunda oportunidad que recibí una llamada similar de otro número telefónico paniquee y a la tercera oportunidad, con el miedo de lado pregunté por el origen de la llamada y recibí la respuesta que solo se podría recibir en una película: “De tu anuncio en internet”. Oh my fucking God. ¡ANUNCIO EN INTERNET!. Corrí a mi computador a intentar googlear algo. 5 segundos mas tarde, escribí mi número y ahí estaba: el link de un sitio de mujeres a la carta. Tras leer algo muy parecido a una extraña descripción sobre mi, acompañada de una imagen barata mil veces copiada del internet lo entendí todo. Lo unico que me quedaba por hacer ese dia era cancelar mi línea telefónica, tomarme un expresso doble y aprender la lección: NUNCA IR A CITAS A CIEGAS ¡Por favor!

-M

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