De las conversaciones que nunca tengo y otras consultas con la almohada…

No sé si a ustedes les pasa… pero si a estas alturas todavía están sintonizando nuestras locuras, es que quizás, se sienten identificados con nosotras y entonces, seguro sí les ha pasado. Pues bien, yo tengo una lista enorme de cosas que quiero decirle a algunas personas pero siempre hay algún “pero”. Quizás nunca jamás vuelva a tener comunicación con ese ser humano, quizás el gran sentido que tiene en mi cabeza el monólogo pueda verse “lost in translation” o de pronto y aun peor… el IQ de esta persona no esté preparado para mis palabras… Sin embargo, aun conociendo estos peros, no hay nada que me impida a mi misma estructurar una conversación en mi mente, solo para ponerle orden a los pensamientos y recuerdos que me atacan constantemente y me impiden entregarme en cuerpo y alma a las actividades que estoy haciendo.

Esta necesidad de establecerle principio y fin a mis diálogos con fantasmas puede venir a mi durante el día y arruinar mi jornada de trabajo o bien puede venir durante la noche y convertirme en un zombie que no puede ni siquiera contar ovejas. Entonces, y a modo de terapia empiezo a hacerle cuestionamientos trascendentales a la almohada, la agobio con una cantidad de preguntas que ni ella ni nadie son capaces de responder. Le exijo que me plantee las posibles respuestas de mi contrincante, solo para desafiarme a ser aún más audaz con las palabras y el juego continua hasta el punto en el que siento que mi victoria es innegable.

Bien sabemos, mi almohada y yo, que estas conversaciones jamás tendrán lugar fuera de nuestro mundo de “casi sueños”. El mundo real no está preparado para tanta verdad. La mitad de nuestros argumentos bastaría para sembrar el pánico profundo en mis victimas… quiero decir, en estas personas a las que tengo una que otra cosita pendiente por decir, pues es de conocimiento público que las más aclamadas son las verdades tibias y esas, no tiene cabida en mis conversaciones platónicas.

En otras ocasio46149f3b499c7a6bf973859cebe98f15nes, uso mi almohada de corrector de estilo. Se me ocurren mil ideas brillantes para escribir posts. Las estructuro a una velocidad impensable. Tanto, que si a la mañana siguiente yo lograra recordar algo de eso con claridad, seguramente, estos dos expressos, ya tendrían un libro. Todo, absolutamente todo, me parece trabajable y quizás lo es, pero necesitaría la lucidez de esos momentos de calidad con mi confidente. Por último y en la etapa más reflexiva de estas consultas, hago planes para, valga la redundancia, planificar mi vida y darle un giro a mi destino. Todos los “podría hacer…” llueven desde la central de mi cabeza y aterrizan en la superficie acolchonada que tantas cosas aguanta. De llegar a concretar alguno de los planes que la sabiduría de mi almohada me sugiere al oído, posiblemente, hasta millonaria sería.

Si a alguien le interesa saber… ¡No! No le voy a gritar: “Es mentira que eres el mejor polvo que he tenido” ni tampoco: “te engañé y te lo merecías” a ningún ex amor, mucho menos: “me valen madre tus problemas” a esas personas que sin más ni más me cuentan sus vidas. Yo seguiré usando verdades a medias, seguiré desarmando y armando posts por muchos días antes de compartirles algo, seguiré dándome tumbos con mi destino sin ganarme un premio nobel de la noche a la mañana… seguiré en esta dinámica de seducción con mi almohada, en la que, como siempre, solo puede interferir mi expresso doble.

Xoxo

-M.

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